domingo, 11 de septiembre de 2011
viernes, 9 de septiembre de 2011
Mi habitación
Ayer fue mi cumpleaños. No lo celebraré hasta el 14 de septiembre. Cumplí 12 años. Mi madre me regaló el mp4 celeste y mi padre una cámara fotográfica rosa Panasonic Lumix con 12,1 megapíxeles.
Y gracias a este último regalo, podré presentaros un poco mi vida. No mostraré caras.
Empiezo con mi habitación. Es una habitación vulgar, en el que duermo con mi hermana Laura. Casi todo está desordenado, pero eso me gusta, porque, para ser sincera, encuentro las cosas.
Me gustaría haberme quedado más tiempo con vosotros, pero no va a ser posible, porque tengo un hambre de lobo y necesito beber toda mi sopa de verduras.
Y gracias a este último regalo, podré presentaros un poco mi vida. No mostraré caras.
Empiezo con mi habitación. Es una habitación vulgar, en el que duermo con mi hermana Laura. Casi todo está desordenado, pero eso me gusta, porque, para ser sincera, encuentro las cosas.
Me gustaría haberme quedado más tiempo con vosotros, pero no va a ser posible, porque tengo un hambre de lobo y necesito beber toda mi sopa de verduras.
martes, 6 de septiembre de 2011
lunes, 5 de septiembre de 2011
Anteayer y ayer
No me lo puedo imaginar. Faltan cuatro días para mi cumpleaños y todo se revolcó en dos días. Dos días nada más. Empecemos.
Anteayer ocurrió algo que me hizo interiormente explotar de alegría. El chico que me gusta, Fernando (utilizaré nombres ajenos para quedar anónima), vino a la piscina de mi casa personal. Bueno, allí no ocurrieron demasiadas cosas. Pero, de todas formas, os cuento, lo que ocurrió anteayer:
Cuando fuimos a la casa de Ávila (claro que no es Ávila, otra ciudad, insisto, para quedar anónima), pues sólo con ir a comprar las sardinas para nuestro gato, Ginne (sigue siendo anónimo), vimos pasar al coche de Fernando, donde estaba su madre, Beatriz, su padre, Pérez y su hermana María. En un coche del que no me acuerdo la marca, pero uno negro.
Llegamos un poquito más tarde que ellos. Bueno, muy poco, realmente. Cinco segundos después. Exactos no pueden ser.
Al entrar en la casa, todos, juntos, a la vez, después de besar a sus padres y su hermana, sin tener ningún contacto con Fernando, lo mismo que hizo mi hermana, y lo mismo que se supone que hizo él, porque si de verdad quería que lo saludara, pues lo hubiera hecho él. Haberse acercado, o no sé... hacer algún gesto para que le saludara. Pero lo que ocurrió fue literal y exactamente NADA.
Eso era poco. Cuando entramos en la piscina, mi hermana Laura, yo, que, por cierto, me llamo Selena (no, no soy fan de Selena, pero no encontré mejor nombre que empiece con la misma letra que mi verdadero nombre... quiero decir, que yo, para aquel sistema, utilizo la primera letra del verdadero nombre y busco un nombre que empiece por la misma letra), y, decía, Laura, Fernando y yo, saltamos a la piscina. Primero yo. Luego Laura. Y por último Fernando.
María vino tiempo después, y sólo se quedó un momento. Tenía 19 años y estaba ya en la Universidad. Creo que estudia Música. Porque, claro, Beatriz era mi profesora de guitarra y piano, y Pérez, el de música, en el colegio. Y Fernando estaba en la misma clase que yo. Y para colmo, Pérez era el jefe de estudios de primaria... pero no de secundaria.
Jugamos con la pistola de agua que no funcionaba y, entonces, cuando yo la tuve, empecé a apuntarle con ella.
-Me dices cuáles son mis cuatro aficiones o estás muerto. ¡Va, primera afición! -dije.
-¿La naturaleza? -respondió... o preguntó.
-No.
Hubo más oportunidades. Pero todas fueron rechazadas. ¿Cómo no podía saber que mi primera afición era la lectura? Él, siguió, y de pronto, dijo:
-¿Yo? ¿André?
(PD: André era un amigo del colegio que cuando fuimos de excursión en Madrid durante tres días, el último empezó a abrazarme de broma.)
Lo único que pude responder a eso es ese gesto que se hace con la mano. No quiero ser maleducada. Pero habrá niños inocentes que mirarán esto. Por lo que, en breve, le hice el gesto de la mano.
-¡LA LECTURA, I*I*T*! (¿Podéis descifrar esto? De ahora en adelante, las palabrotas que escribiré serán así: una letra, una estrella, y punto.)
Y nos reímos.
No me dijo mis demás aficiones. Se las tuve que decir yo. E insistió con lo de "¿Yo? ¿André?".
Por si os interesa, os digo mis aficiones:
1. Lectura (sobre todo Harry Potter. Y, de Harry Potter, el 7, las Reliquias de la Muerte).
2. Música (cosas tipo Paramore y Linkin Park. Sobre todo que Paramore no es muy conocido. Tiene medio millón de visitas en sus vídeos YouTube, y decir que una novata como Rebeca Black a llegado a un millón. ¿Será por eso, porque es novata? En fin, os recomiendo Paramore, y que veáis "Rebeca Black - Friday". ¡No digáis tonterías tipo Miley Cyrus o Katy Perry, criticándola, imitad a Lady GaGa, que la anima, y [aunque lo que voy a decir ahora me va a hacer vomitar] Joe Jonas, que repite el estribillo de "Friday" en todos sus conciertos con su público).
3. Fotografía (sí, la fotografía, las fotos, saber de qué punto de vista hacer cualquier cosa. Por eso admiro la pintura barroca. Es muy detallada).
4. Internet (¿qué comunicación es mejor que esta?).
El día siguiente, en fin, todo bien, requete bien. Y un detalle hizo que todo cayera abajo.
-Selena, coge tu libro y tus gafas, por favor, y ponlas en otro sitio que en la mesa.
Yo estaba tumbada sobre la toalla, escuchando en mi mp4.
Le obedecí y volví a la toalla.
Se enfadó un poco conmigo porque me dijo que por qué volví a la toalla, que tenía que comer, y todo eso, en fin, una pequeña pelea entre padre e hija.
Y vino mi madre y se enfadó. Sí, eso, se enfadó, diciéndole que él quería que todo estuviera perfecto por una vez que él cocinaba, y que no pensaba en lo que ella sufría en la cocina cuando todos hacían ruido, y no sé qué. Y se pelearon. Cuatro días antes de mi cumpleaños.
No me sorprendía. Hace dos cumpleaños seguidos que se enfadaban.
Y, de todas formas, me daba igual. ¡Que se divorcien! ¡Que hagan lo que les de la gana! Al fin y al cabo, yo era la hermana grande, y siempre me ponían en medio. Me lo preguntaban todo. Todo lo tenía que demostrar yo. Era más madura que nunca. Tenía 12 años y tenía que soportar esa m*e*d*.
Gritaron en el interior de la casa en construcción. Laura y yo nos quedamos fuera. Jugando con Ginne, el gato.
Después, mi madre salió de la casa y se quedó delante de la puerta que daba afuera del jardín, esperando a que mi padre le abriese. Porque era él el que tenía las llaves, nadie más.
Mi madre empezó a gritar. Se escuchaba desde lejos a pesar de que no había eco.
Mi padre no le quería. Quería que se callara. El problema es que se odiaban el uno al otro. Mi padre se casó por amor. Mi madre, por dinero.
Esas son mis teorías.
Y mi padre, cuando explotaba, siempre sacaba al tema Sandro. Sandro era el ex de mi madre. Sólo era su novio.
Mi madre dice que le olvidó. Mi padre dice lo contrario. Pero nadie de los dos puede demostrar lo que de verdad es.
Yo, en realidad, creo en mi padre. Porque lo conozco. Siempre me dijo la verdad. Pero en ese caso, él no lo podía demostrar. Para él, era sólo una teoría. No podía hacer nada contra eso.
Laura le pidió a mi padre que le abriese la puerta a mi madre. Mi padre lo hizo, sin dudar.
Y mi madre se fue, andando. Hasta Arroyos (no sé si esa ciudad existe. Pero, bueno, que sepáis que entre los supuesto Avila y Arroyos están a muy pocos metros de distancia, aunque ir andando era bastante cansino).
Mi padre dijo que la siguiéramos. No dije nada al respecto. Nadie me comprendía. Quería decir, nadie sabía lo que sentía realmente. Estaba callada.
Siempre que me ocurría algo donde me bloqueaba, pensaba en lo que haría Fernando. Entonces, si Beatriz y Pérez se pelearan, él seguramente se escondería en su habitación.
Entonces le dije que sí a todo, a mi padre. Que le iba a hablar yo.
Cuando llegamos a su altura, le dije:
-Mamá, por favor, ven (me miraba en el reflejo del retrovisor, a ver si actuaba como una inocente niña llorando. Lo que no era. Lo que tampoco sentía.)
Pero ella, cruel como era, empezó a echarme todas las mentiras que tenía dentro de su corazón.
¿Por qué a mí? ¿Por qué nadie me comprendía? ¿Por qué no podía decir a nadie lo que sentía? ¿Por qué? Miles de respuestas se abalanzaron sobre mí. Ninguna era la correcta.
Le dije a mi padre que ya no la sigamos más. Y él se fue a buscar a su hermano, Manolo, a quién llamaba Mano desde que era pequeña.
Le pidió que hablara con mi madre. Mi madre. Lo que era para él MI madre. No SU mujer Lenia.
No habían celebrado ninguna boda. Se habían casado, y, ¡pof!, ya está. Sin celebrar nada.
Y cuando, tiempo después, volvimos a buscar a Manolo, Lenia se había ido en un taxi. Recogimos a Manolo. A mí me dolía la cabeza. Se lo dije a mi padre y le pregunté si tenía aspirinas. Su respuesta fue que los traería luego.
En ese momento, lo importante era coger los pasaportes. Porque era nuestra última vía de escape. Irnos unos días de vacaciones, cuando se pasaba de los límites. Aunque sabía que mi padre no se olvidaba de nada.
Cogió los pasaportes y en una bolsa de cartón se SPF (Springfield), puso la ropa que necesitaría. Trajo una mochila con no sé lo que había dentro.
No voy a contar mucho de lo que me pasa a mí. Es insensato que alguien que me conozca descubra este blog y sepa lo que me está pasando. Me gustaría que ocurriera, pero no podía. Me sentía mejor y madura cuando era una solitaria. Y eso me hacía alegrar mis tiempos.
Me comí un croissant, tragué la pastilla de la aspirina, bebí agua, me comí otro croissant y me tumbé sobre la toalla que estaba sobre la hierba, con una toalla encima (la de mi madre) y el sombrero de paja sobre mi cabeza para que no me diera la luz. Para no aburrirme, pensaba en mi cuento. No el que estaba revisando actualmente. El que estaba pensando era uno nuevo, mi futuro amor, el que me imaginaba. Pero era muy difícil realzar los detalles.
Después, nadé un poco con Laura. Y, después, jugamos con el gato, esperando a que mi padre terminara de hablar con Manolo por teléfono.
Nos fuimos cuando no encontramos mis gafas; era demasiado oscuro.
Y cuando estuvimos en casa hubo tantas complicaciones que prefiero no decir nada más. A menos que nadie me pregunte nada o que tenga las ganas después. Porque ahora me duele la cabeza, tengo fiebre, estoy resfriada y tengo un dolor de garganta tan molesto que casi no puedo hablar.
Lo último que quiero decir es esto:
¡ME ODIO!
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